Si bien es cierto no podemos demostrar que el ser humano tiene una necesidad natural por explicar el Universo y el mundo que lo rodea, sí podemos utilizar la inducción para darnos cuenta de que durante toda la Historia, y en cada cultura, el hombre ha querido hacerlo.

Tomemos esto como la “Premisa 1″. Vemos que siempre que ha habido seres humanos ha existido una necesidad de explicar el mundo que nos rodea. Desde las grandes culturas ancestrales, hasta los aborígenes de pueblos contemporáneos. Tal vez con algunas excepciones en las que hubo algún tipo de imposición ante la búsqueda de razones fuera de la “lógica oficial” (como el Oscurantismo o la época posterior a Al Ghazali en el mundo islámico) el ser humano se ha caracterizado por querer saber quién es, cuál es el mundo en el que vive y explicar los misterios de su mundo y el Universo.

Por otro lado tenemos la “Premisa 2″: En tiempos antiguos, específicamente en el nacimiento de las civilizaciones, no teníamos la tecnología ni el conocimiento que tenemos ahora. Este conocimiento ha sido el resultado de miles de años, de prueba y error incluso en ramas científicas como la medicina, con indudables casos de experimentación que hoy encontramos ridículos pero que han servido para poseer el conocimiento que ahora tenemos.

A partir de estas dos premisas podemos ver que “El ser humano siempre ha tenido la necesidad de explicar su mundo, pero en la antigüedad no tenía el conocimiento para explicar prácticamente nada”.
No podíamos explicar no sólo las preguntas profundas como qué estamos haciendo en el mundo, sino preguntas prácticas que nos afectaban día con día. ¿Qué era esa bola luminosa en el cielo que daba la vida?, ¿Por qué los volcanes tiraban fuego por los aires aniquilando todo a su paso?, ¿por qué cada cierto tiempo y sin previo aviso el sol era tapado a la mitad del día?, ¿Por qué la gente moría al ser mordidos por una serpiente?
Yo no puedo imaginar el pánico de una persona que un día cualquiera comenzaba a sentir que el suelo comenzaba a moverse con violencia. La gente entraba en pánico sin saber qué pasaba. Ahora sabemos qué son las placas tectónicas y por qué ocurren los terremotos. Pero imagino que lo mismo sentiría yo en este momento si un día cualquiera la gente perdiera la visión y escuchara sonidos ensordecedores por 3 minutos. Pasado ese tiempo todo el mundo entraría a Twitter y Facebook para ver qué sucedió, y todos esperaríamos una explicación por parte de los científicos. ¿Cómo el mundo entero podría dejar de ver y escuchar sonidos? El tráfico en las redes sociales no aguantaría de la cantidad de gente esperando una respuesta por parte de la comunidad científica.
Es difícil tratar de imaginar lo que una persona en la angigüedad pensaba al sentir un terremoto, un eclipse, e incluso ver un rayo durante una tormenta. Tome un minuto para tratar de no tomar en cuenta el conocimiento que ahora tiene de las cosas, y trate de explicar esos fenómenos.

En nuestro “suceso misterioso” todos los ojos se volverían a la Comunidad Científica en búsqueda de una explicación; y de recibirla la tomaríamos como válida incluso sin poder explicarla quienes no somos científicos. Usted podría decir que no, sin embargo así tomamos como ciertas explicaciones que van más allá de lo que la mayoría puede comprender, como la mecánica cuántica o la relatividad, suficientemente abstractas para que muchos pudieran decir que son falsas, pero incluso así necesarias para que los satélites e Internet funcionen correctamente.

En aquellos tiempos hacíamos lo mismo: buscábamos a nuestros líderes para pedir explicaciones. Y las más coherentes eran las que tomábamos como ciertas.
¿Qué era más fácil de creer, que un ser superior salía todos los días para darnos vida y se acostaba en la noche para dormir, o que vivíamos en una bola cuyos habitantes de “abajo” no se caían y que esta giraba alrededor de una bola un millón (literalmente) de veces más grande hecha de gas quemándose y que este gas, contrario a lo que sabíamos, no sólo es más pesado que la tierra sino que es tan pesado que hace que una bola de 6,000,000,000,000,000,000,000,000 kilogramos sea atraída por una fuerza invisible pero que no caiga sino que pueda estar en un equilibrio que permite que esta gire por 4.5 mil millones de años sin caer hacia él?

Vemos que algo sucede en todas las culturas, desde las milenarias hasta las que actualmente podemos ver en reducciones indígenas: la aparición de seres superiores que explican todas estas interrogantes.

Y uno podría entonces decir que Dios decide aparecer a cada una de ellas por separado. Sin embargo aparecen dos preguntas: ¿Por qué entonces las religiones son mutuamente excluyentes permitiendo que no haya nungún dios más que el de esa religión?, y ¿por qué entonces las distintas religiones tienen explicaciones tan extraordinariamente opuestas ante las preguntas del Universo?

Según estas premisas la religión parece no ser más que una ciencia fallida, un intento de explicar el Universo mediante seres cuya existencia nunca puede ser demostrada. Sin embargo los humanos preferimos creer en ellas y en explicaciones absurdas antes de no tener una explicación del todo. En el caso de nuestro “evento inexplicable” faltaría que la Comunidad Científica se pronuncie diciendo que fueron ciertos rayos producto de una tormenta solar que afectó determinada área del cerebro, para que el 80% de las personas dejen de cuestionárselo de un día a otro.

De hecho en el libro del Génesis vemos una historia que hace sonreír a cualquier persona que tenga la mínima educación científica, e incluso así es considerada como literal y verdadera por más de una cuarta parte de la población cristiana. Por supuesto que pertenecen en su mayoría a un grupo de personas sin mayor educación, pero el punto no es ese. El punto es que los seres humanos preferimos una mala explicación a una falta de ella.

Vemos muy claramente que las religiones son ciencias fallidas. Explicaciones del Universo dada la necesidad que hay de estas, y la carencia de conocimiento en un momento histórico determinado.

Hay un elemento todavía más interesante: En el momento en el que teníamos que explicar una erupción volcánica o un eclipse, podíamos recurrir a un ser superior que hiciera que esto sucediera (después de todo las cosas no pasan “porque sí”). Sin embargo en este momento conocemos un poco más sobre lo extraordinariamente complejo que es el Universo, al punto en el que conocemos su tamaño y su peso, y vemos que son distancias y leyes tan complejas que no sólo son inexplicables sino que van más allá de lo que jamás podríamos imaginar. Pero al haber adoptado la idea de la existencia de un dios nos vemos entonces en un problema muy grave: Para explicar un Universo imposiblemente complejo creamos a un ser infinitamente más complejo y nos sentimos, de alguna forma, cómodos con la idea de su existencia y falta de cualquier necesidad de explicarlo a él.

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