Un extracto del libro “El bobo de la mesa: Falacias de creyentes y ateos, cómo identificarlas y evitarlas” de Rafael Azofeifa, que puede ser adquirido en Amazon en físico o Kindle.

En este libro he tratado de hacer un equilibrio entre las falacias utilizados por creyentes y por ateos. Y me parece que el exponerlas más bien debería apoyar a aquellos que las cometen ya que permite salir de los errores -a veces vergonzosos- en los que se puede caer.

Le envié un segmento de mi libro a un amigo creyente y me dijo “Pero veo más falacias de creyentes, es injusto”.

El diálogo que siguió fue:

-       Lo hubieras disfrutado más sin leerlo a la defensiva.

-       No lo leí a la defensiva.

-       Me dijiste “Veo más falacias de creyentes, es injusto” en lugar de decir “No le das a los ateos tantas opciones de crecimiento al reconocer sus falacias, es injusto”. Estás viendo las falacias citadas como puntos menos por cometer errores, y más bien son puntos más para poder arreglar dichos errores y mejorar los argumentos contra quienes estás considerando opositores.

Hago esta aclaración porque en este caso me referiré a una falacia (técnicamente podría considerarse una generalización de varias falacias o incluso una plataforma previa a la formulación de falacias, pero no nos detendremos por eso) que es la base de muchos malentendidos, y es utilizada básicamente por creyentes. Es importante comprenderla no sólo para no caer en ella, sino para evaluar con mayor objetividad y dar mayor peso a la misma creencia de Dios que se tiene.

Cuando uno estudia pensamiento crítico, o el método científico, aprende un principio lógico-formal conocido por cualquier abogado y estudiante de derecho, el Onus Probandi.

Este princpio dicta que toca a quien rompe la normalidad de las cosas brindar las pruebas que sustenten dicho argumento.

En otras palabras, si yo quiero decir que algo es verdadero necesito demostrarlo.

El creyente pensará “¿Quiere decir que si yo digo que Dios existe yo debo demostrarlo?”. Y bueno, en principio sí, sin embargo podemos decir que es algo no demostrable. De serlo los debates sobre el tema se hubieran acabado ya hace mucho tiempo.

Sin embargo lo importante no es que usted tenga que demostrar que Dios existe, sino que no puede pedir a nadie que demuestre lo contrario. En esto radica la falacia.

Es decir, en una discusión es incorrecto decir “Demuestre que Dios no existe”. Es algo que no tiene sentido.

Nadie puede demostrar que Dios no existe.

¿Quiere decir esto que existe?

No.

¿Quiere decir entonces que no existe?

No.

Quiere decir que no podemos demostrar que Dios no existe porque no podemos estar en todos los lugares y tiempos del Universo o incluso en “lugares” fuera del Universo donde podría es Dios.

El caso más famoso (no el primero ni tampoco el único pero ciertamente uno de los más divertidos) es el de la “tetera de Russell”.

El filósofo Bertrand Russell escribió en un artículo –nunca publicado- para la revista Illustrated en 1952, la idea de una tetera de porcelana que gira alrededor del sol en una órbita elíptica, que es imposible de ver incluso para los telescopios más potentes. Es claramente imposible para cualquiera de nosotros decir que esa tetera no existe.

Lo mismo sucede con los unicornios, por ejemplo. No hay forma alguna en la que yo pueda demostrar que los unicornios no existen. Incluso si alguien me demuestra que lo que conozco como unicornio es un invento de un escritor y me señala el libro, yo no podría demostrar que no existe una criatura con exactamente las mismas características viviendo en un rincón de la tierra que no ha sido explorado por humanos.

No debo entrar en detalles filosóficos ni lógicos sobre este tema, ni ahondarme en principios lógicos ni ontológicos, ni epistemológicos, para poder decir que es para mí imposible demostrar que los unicornios no existen. E incluso si monitoreara cada centímetro cuadrado del planeta y dijera que no veo ninguno, podrían decirme “Pero ¿tomó usted en cuenta la posibilidad de que sean invisibles?”, o “¿Revisó usted en el subsuelo?”, o “¿Cuándo dije yo que existían en específicamente este planeta?”

La carga de la prueba es un principio fundamental para cualquier discusión filosófica. Evita que aunque yo crea en unicornios, o duendes, o Santa Claus, o el hada madrina, o el ratoncito de los dientes, pueda decirle a quien no cree que es obligación de él demostrar que no existen.

Algún creyente puede decir “¿Está usted comparando a Dios Todopoderoso con el ratoncito de los dientes?” Por supuesto que no. Como he reiterado hasta el cansancio, hablo del principio que versa sobre quién tiene la carga de la prueba. Si le parece irrespetuoso puede regresar a la tetera de Russell. El punto sigue siendo el mismo: la carga de la prueba recae sobre quien afirma y no sobre quien niega.


Puede leer el resto del libro El Bobo de la Mesa en Amazon.com

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